CEECH: Las FF.AA. chilenas y la encrucijada democrática

Militares

Vasili Carrillo, Carlos Gutiérrez, Ricardo Paredes (Centro de Estudios Estratégicos Chile, CEECH)

20 abril 2021

Cada día los altos mandos de las Fuerzas Armadas chilenas parecieran hacer denodados esfuerzos por profundizar ese abismo que las separa de la sociedad civil, de la precaria democracia que todos dicen defender y del momento constituyente que se ha abierto producto del agotamiento y la indignidad de una gran mayoría que se ha visto explotada y discriminada para sostener esta sociedad de privilegios y de su plutocracia gobernante.

Las manifestaciones sociales; las consignas de la calle que les reclamaron su vuelta a los cuarteles; las opiniones de una oposición política menos timorata que se han levantado para denunciar y judicializar casos de corrupción y amenazas abiertas a la democracia; las aseveraciones de organizaciones de derechos humanos, tanto nacionales como extranjeras, sobre las violaciones a los derechos humanos y el uso excesivo de la violencia cometidos en contra de manifestantes connacionales; las sucesivas encuestas de opinión pública que demuestran su tendencia a la baja en la apreciación sobre las instituciones armadas y su identificación con la elite empresarial y de derecha;  y una importante franja de candidatos constituyentes que ya han manifestado sendas opiniones sobre los necesarios cambios constitucionales relativas a la ubicación y definiciones de estas instituciones en la nueva Constitución; son demasiadas señales sostenidas en el tiempo que nos hablan de altos mandos incapaces de una lectura mínima racional sobre el Chile actual y que han preferido una actitud endogámica que está teniendo como resultado instituciones con altos índices de entropía organizacional.

Esto es aún más grave en instituciones que tienen el monopolio de las armas, que todavía tienen altas prerrogativas en las actuales definiciones de los estados de excepción y que su disposición a participar en acciones de seguridad interior solo estuviera condicionada a que se les relajaran las reglas de uso de la fuerza (RUF) para no tener que dar cuenta de estándares internacionales y enfrentarse a la justicia.

En esta cerrazón frente a los cambios sociales y políticos que están demandando mayor densidad y profundidad de la democracia desde hace décadas, se han encontrado con aliados ideológicos activos en el gran empresariado y la derecha gobernante, y en aliados por omisión de una élite transversalmente conservadora que apostó por una tesis de control civil que consistió en una “profesionalización autómata” caracterizada por un alto y descontrolado gasto militar (tanto de ley reservada del cobre como del presupuesto regular del Estado), sin definiciones taxativas de nuestra política y estrategia de Defensa, con una ley ministerial tardía y poco sustantiva, y sin controles exhaustivos de sus procesos internos.

Es bueno recordar ese maridaje psicológico-político entre Ricardo Lagos y Juan Emilio Cheyre, que dio pie para aseveraciones como el “Nunca Más” y la misión de “Juan soldado” que iniciaba un nuevo período profesional en la institución militar. Los resultados a poco andar se pudieron apreciar, y no solo porque ese mismo comandante en jefe fue acusado de violaciones a los derechos humanos, sino que su sucesor negoció un cargo político con el presidente Piñera estando en servicio activo (Izurieta) y además estuvo vinculado al caso FAM de pagos irregulares a militares activos; y los que siguieron a su vez están procesados por fraude fiscal (Fuente-Alba y Oviedo), así como la investigación que pesa sobre más de 800 oficiales del Ejército.

Por esta vía se logró una mayor autonomía de las fuerzas armadas, y un desprestigio de la conducción civil ya que el Ministerio de Defensa se transformó en una agencia deslavada y con ministros poco robustos y escasamente empoderados para ejercer una conducción moderna y democrática.

El resultado está a la vista, no solo no se logró que las fuerzas armadas se concentraran solo en sus responsabilidades profesionales (para las cuales están materialmente sobre dotadas), sino que ante el vacío de conducción política civil, siguieron siendo un actor de la política interna, como se demuestra en forma tan evidente en los casos de espionaje a periodistas, el amedrentamiento a la jueza Romy Rutherford, la desaparición de documentos judiciales, la declaración sobre el monumento al general Baquedano y ahora la declaración sobre un programa humorístico del canal  de televisión La Red.

Pero esta autonomía de doble entrada, los que la buscan y los que la otorgan, también tiene efectos hacia adentro. Los casos de corrupción de comandantes en jefes, de altos oficiales, la vigilancia y el castigo hacia los propios para que se inhiban de denunciar, la desprolijidad en procesos internos, los privilegios materiales, indudablemente ponen en cuestión las capacidades profesionales en cumplimiento de sus misiones básicas y generan dudas razonables al respecto.

Esta realidad hace más imperioso que el momento y debate constitucional abarque en profundidad y con estándares democráticos más exigentes las definiciones sobre las fuerzas armadas, por lo menos los siguientes: el concepto de seguridad que las definirá; sus funciones y roles; la conformación de los altos mandos; su estatus democrático; su participación en los estados de excepción.

Así como la sociedad chilena, con el actual momento constituyente, está cerrando un largo ciclo (podríamos decir que definitivamente el de la transición a una democracia profunda) y a su vez abriendo uno nuevo, le corresponde a las fuerzas armadas sintonizar con ese proceso y también cerrar su largo ciclo de ideologización antipopular iniciado en la década de los sesenta del siglo XX, en que se transformaron en el combatiente de un teatro de operaciones secundario de la gran confrontación entre capitalismo y comunismo que implementó Estados Unidos, y que tuvo como resultado la tragedia histórica del Golpe civil-militar de 1973, y una de las más cruentas dictaduras de nuestra sub región y una espiral de degradación institucional que todavía se mantiene.

Todas estas actuales acciones políticas de las fuerzas armadas no son exabruptos ni actos incontinentes. Ampararse en esa lectura solo servirá para prolongar el vacío dejado por la conducción política democrática, mantener su inercia sobre ideologizada y cerrar la oportunidad de una nueva relación con la sociedad, basada en el profesionalismo y la convicción democrática.

Este es el momento de la encrucijada democrática de las fuerzas armadas chilenas.

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