El rol de la OTAN-UE en el conflicto Ruso-Ucraniano. Por Carlos Gutiérrez P.*

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Entre todas las aristas propias de un conflicto, una de vital importancia tiene que ver con el relato que fundamenta el origen y las causas de este, y desde este punto de partida el comportamiento que se tiene en el desarrollo de la crisis. Es un terreno en disputa, principalmente en el campo publicitario, que tiende a explicitar o a esconder las explicaciones y los argumentos dependiendo del comportamiento de los actores, porque se asume que esta opera en el ámbito de la subjetividad y por lo tanto el de la legitimidad.

El Presidente Putin hizo explícita su apreciación del origen del conflicto y los objetivos políticos que esperaba alcanzar a través de una acción militar. En su discurso del 21 de febrero realiza un relato histórico de la relación entre Rusia y Ucrania, con fuertes críticas a las medidas tomadas durante la Revolución Rusa y continuadas por el régimen soviético, destacando los lazos étnicos, culturales y religiosos entre ambos pueblos. En su discurso del 24 de febrero donde toma la decisión de la Ofensiva Militar Especial, engarza la relación histórica con la coyuntura estratégica de la ofensiva de la OTAN hacia el este que compromete la seguridad nacional del estado Ruso, queriendo incorporar en esta alianza militar a Ucrania.

Por lo tanto, la ofensiva militar para Rusia tiene como objetivos detener el crecimiento de la OTAN hacia países limítrofes con la Federación, la no instalación de infraestructura militar estratégica cerca de sus fronteras, y en el caso concreto de Ucrania “desmilitarizar, desnazificar, juzgar a criminales de guerra en los ataques hacia las regiones autoproclamadas autónomas”, y por cierto asegurar la independencia de estas y reconocer la incorporación de Crimea a Rusia.

Por parte de la OTAN, en su relato sobre las causas del conflicto nunca se han referido explícitamente a estas demandas rusas y más bien han optado por explicaciones que van desde las características personales de Putin hasta las aspiraciones de reconstruir el Imperio Zarista para algunos o la Unión Soviética para otros.

Despejar esta demanda rusa por parte de la OTAN sería de gran ayuda para entender en su profundidad el conflicto, así también como una pieza clave para su resolución a través del diálogo y acuerdos.¿La OTAN está de acuerdo y trabaja para que Ucrania entre a su alianza militar? ¿La OTAN puede asegurarle a Rusia, en base al concepto de seguridad indivisible aprobada en la Carta de París de 1990, que no ampliará su alianza militar a sus fronteras?

Las anunciadas señales de alerta

Desde el punto de vista fáctico, la Federación Rusa había dado potentes señales de querer proteger su espacio geopolítico sustantivo, consistente en las fronteras de lo que fue la Unión Soviética, desmembrada después de 1990. Las dos guerras de Chechenia (1994 y 1999), la guerra de Georgia (2008) y todas las acciones antiterroristas y de inteligencia en la zona baja del Cáucaso. Su involucramiento en la crisis política interna de Ucrania en 2014, que tiene como consecuencias la separación de dos regiones en la frontera sur este con Rusia y que las reconoce como tal, más la anexión de Crimea que la incorpora al estado ruso. En el año 2015 tiene una activa participación rusa en la guerra de Siria, que permite detener el derrumbe del gobierno y el comienzo de una reconquista de su territorio que estaba en manos de fuerzas extranjeras y grupos terroristas. Ya en la Conferencia de Seguridad de Munich de 2007, el Presidente Putin manifestó que “Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia alianza, ni con garantizar la seguridad de Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Tenemos derecho a preguntar ¿contra quién va dirigida esta expansión?”.

Todas fueron señales progresivas de una clara determinación rusa por mantener un rol protagónico como actor regional, con aspiraciones a recuperar un papel global de mayor magnitud. Después del período de decadencia soviética y desmembración de esta, la realidad económica, política y militar de la Federación Rusa hablaba de un estado debilitado y con liderazgos fallidos que mantuvieron ese declive. Es innegable que los gobiernos de Putin comenzaron una recuperación en todos esos planos, particularmente el económico en base a la producción energética y el militar con un esfuerzo en la modernización y la innovación. Este proyecto estratégico se funda en dos conceptos básicos que Putin plantea claramente en su discurso del 21 de febrero, cuando dice “que la fuerza y la voluntad de lucha son la base de la independencia y la soberanía”.

 En el momento que Rusia recuperó su fuerza y tuvo la voluntad, pasaron a una política exterior ofensiva que garantizara su seguridad y su estatura estratégica.

Esta misma evaluación del peligro que encerraba este crecimiento de la OTAN hacia la frontera este de Europa, también fue señalada por actores occidentales, que no fueron escuchadas por las elites gobernantes.

Henry Kissinger en un artículo del Washington Post del año 2014 decía: “La UE debe reconocer que su morosidad burocrática y la subordinación del elemento estratégico a la política interna en la negociación de la relación de Ucrania con Europa contribuyeron a convertir una negociación en una crisis”. “Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hundiría durante décadas cualquier posibilidad de llevar a Rusia y Occidente, especialmente Rusia y Europa, a un sistema internacional cooperativo”. “Por su parte, Estados Unidos debe evitar tratar a Rusia como un aberrante al que pacientemente se le enseñan las reglas de conducta establecidas por Washington”. “Ucrania no debe unirse a la OTAN, una posición que asumí hace 7 años cuando se trató por última vez”. Todas estas declaraciones del gurú de las relaciones internacionales, fueron hechas en el momento de la crisis desatada en 2014, cuando un golpe de estado destituyó al gobierno constitucional ucraniano.

El coronel Douglas Macgregor, ex asesor del Secretario de Defensa de Estados Unidos, ha tenido una profusa aparición pública reconociendo que Rusia ha manifestado durante muchos años que no tolerará esa expansión ni armas nucleares cerca de sus fronteras.

Variados dirigentes políticos europeos también lo plantearon durante muchos años, especialmente a partir de la crisis del año 2014. Una nueva relación de seguridad entre Moscú y la UE tiene una larga data, ya desde los primeros años de la Guerra Fría; en 1987 Gorbachov habló de “un hogar común europeo”; en 1996 se planteó la construcción de un nuevo marco para la seguridad europea sobre la base de la OSCE; en 2008 se volvió a proponer la constitución de un nuevo tratado sobre seguridad europea que incorporaría a Rusia. Todas iniciativas que fracasaron, por la enorme presión estadounidense para no desacoplarse de Europa y evitar constituir en el viejo continente un protagonismo propio que terminara en una política internacional no subordinada.

A esto debe sumarse al fracaso de las negociaciones de los misiles Antibalísticos (AMB), y el de fuerzas nucleares de rango intermedio (INF); la salida del Tratado de Cielos Abiertos por parte de Estados Unidos y Rusia; y la consolidación de la expansión de la OTAN a los países que habían formado el bloque socialista.

Así, paulatinamente, Rusia fue transitando y mutando desde el “descontento pasivo al revisionismo activo” (Real Instituto Elcano, 25 enero 2022).

Las acciones concretas de la OTAN

La OTAN, aprovechando la debilidad estratégica de Rusia después del colapso de la URSS, ha impulsado una política agresiva hacia el este, pero también más allá de sus fronteras declaradas originalmente, lo que hace dudar de que su interés de cierra en el marco europeo. Hay que recordar que participó activamente en la guerra de Libia y Afganistán, que implica a los miembros europeos siguiendo los dictados de una política subalterna a los intereses de Estados Unidos.

La OTAN ha trabajado silenciosa y constantemente por ampliarse hacia las fronteras de la Federación Rusa, desde el año 1999. Y con los países del este que todavía no ingresan, justamente como Ucrania, ha sido muy activos en la asesoría militar y venta de equipamiento, que es un paso previo a la membresía oficial.

En esta crisis tiene una responsabilidad muy grande, que ha sido soslayada por el momento eufórico y retórico de la guerra, pero que tendrá que analizarse concienzudamente si se quieren recuperar los espacios para la diplomacia.

Francia y Alemania (en menor medida Naciones Unidas), no jugaron un rol destacado en los acuerdos de Minsk que recogía las inquietudes de las partes directamente involucradas originadas en la coyuntura de 2014, y durante 8 años no se lograron avances importantes que hubiesen logrado detener la escalada del conflicto.

Durante muchos años, y especialmente en los últimos meses, distintos líderes de la OTAN alentaron en forma irresponsable (y podríamos decir cínica) la mantención de una tensión entre Ucrania y Rusia, asegurándole a Zelensky algo imposible de cumplir: el apoyo de la OTAN.

Los más activos fueron los estadounidenses, que se dedicaron a enviar equipamiento militar de menor envergadura, pero sobre todo a través de un discurso muy sostenido que aseguraba el acompañamiento a la política ucraniana. Desde el año 2014 se le ha entregado más de 2.500 millones de dólares en equipamiento militar. El 1 de septiembre de 2021 en un encuentro entre Zelensky y Biden, este último declara «Estados Unidos sigue estando firmemente comprometido con la integridad territorial de Ucrania frente a la agresión rusa»; seguirá entregando armas “para que se defienda eficazmente de la agresión rusa” y “apoyamos las aspiraciones euroatlánticas de Ucrania”.

Una vez iniciado el conflicto (25 de febrero), volvió a aprobar otro paquete de ayuda militar por 350 millones de dólares, y comprometiéndose a fortalecer las sanciones, “asistencia de defensa concreta” y “una coalición contra la guerra”.

El desatino mayor lo sigue cometiendo el Secretario de Estado, Antony Blinken, que sigue prometiendo entrega de armas pesadas, imposibles de cumplir tanto por problemas logísticos, de oportunidad, como la implicancia directa de un país miembro de la OTAN. Ante la persistencia de solicitud ucraniana de aviones de combate, Estados Unidos presionó al gobierno polaco para que enviara sus aviones de origen soviético a cambio de la entrega de F-16 estadounidenses. Los polacos, con mayor noción de las limitaciones legales y sobre todo por el peligro de escalada del conflicto en su propio país, desmintió los informes noticiosos del envío de Mig-29 y SU-25, afirmando «Polonia no enviará sus aviones de combate a Ucrania, ni permitirá el uso de sus aeropuertos», declaró en Twitter, al detallar que el Gobierno polaco ayuda a Kiev «significativamente en muchas otras áreas» (6 de marzo).

Afirmaciones un día después que Putin expresara claramente que cualquier intento por declarar a Ucrania como una zona de exclusión aérea significaría un casus belli con aquel país que lo hiciese y contra el cual utilizaría todos los medios militares correspondientes.

Pero mientras estas encendidas peticiones del Secretario Blinken ocurrían en la frontera de Polonia con Ucrania, el 7 de marzo la vocería del Pentágono pedía a estadounidenses que no se incorporaran a la guerra en Ucrania como voluntarios y Biden le aseguraba a Zelensky que seguirían apoyándolos a través de la ayuda humanitaria y económica (6 de marzo).

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, dijo que una zona de exclusión aérea sobre Ucrania no es una opción que esté considerando la alianza. “Hemos acordado que no deberíamos tener aviones de la OTAN operando sobre el espacio aéreo ucraniano o tropas de la OTAN en territorio ucraniano” (4 de marzo).

Algo parecido a lo sucedido con Hungría, que a través de un decreto presidencial prohibió el tránsito de armas y equipos letales al territorio de Ucrania para proteger sus propios intereses de seguridad nacional (7 de marzo).

Entre 2014 y 2020 se produjo una venta importante de armas a Ucrania (según informe de SIPRI), destacándose los siguientes países en los envíos (todos miembros de la OTAN), aprovechando los fuertes intereses de sus respectivas industrias militares: República Checa (36 %), Estados Unidos (24 %), Polonia (16 %) y Francia (6 %).

En los días inmediatamente anteriores al inicio de la guerra, y especialmente en la primera semana de conflicto, varios países de la OTAN asumieron “un compromiso” con en el envío de armas no estratégicas ni pesadas. Ellos son España, Polonia, República Checa, Rumania, Eslovaquia, Letonia, Estonia, Finlandia, Alemania, Lituania, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Grecia, Italia y Portugal.

Parte del armamento consiste en lanzacohetes, lanzagranadas, pero mayoritariamente fusiles, pistolas y munición. Es razonable la pregunta acerca de la eficacia de este armamento para el tipo de guerra que se lleva a cabo en territorio ucraniano.

Justamente en una entrevista al canal 24h de RTVE (1 de marzo), la televisión pública española, el general retirado José Enrique Ayala (ex Jefe del Estado Mayor del Euro-cuerpo entre 2001 y 2003) se hacía las siguientes preguntas: «¿con esas armas qué va a pasar? ¿Van a dar la vuelta los ucranianos a la guerra? ¿la van a detener dos semanas? ¿la van a retrasar tanto que las sanciones económicas, o el rechazo de la población, o los oligarcas, terminen por obligar a Putin a terminar con la agresión? ¿O solo la van a retrasar dos semanas y al final van a terminar igual que si no se hubieran dado armas? Porque si es así, los muertos de esas dos semanas no van a servir de nada».

En el portal de noticias France24, a propósito de un reportaje sobre la misma preocupación de la entrega y tipos de armas se planteaba: “Los que se hacen esas mismas preguntas son cada vez más, unas voces que destacan en medio del que parece un consenso amplio alrededor del apoyo militar a Ucrania, que bebe de la dura urgencia de hacer algo que pare esta guerra. ¿Bajo qué cálculos se han tomado esas decisiones? ¿Están los gobiernos dispuestos a que estas armas europeas terminen en manos de los civiles ucranianos?” (4 de marzo).

Este armamento claramente no favorecerá la victoria ucraniana en el terreno militar frente a Rusia, pero podría prolongar el enfrentamiento en una dimensión distinta, con civiles armados, grupos criminales y otros. Han sido los propios ucranianos que se han quejado que este armamento está en desuso (ametralladoras españolas); que los misiles alemanes no funcionan y los lituanos están caducados; que una mayoría son anticuados y eran parte de los excedentes de estos países y que las municiones no son estandarizadas.

Además, la Unión Europea ha informado que ha aprobado un paquete de 500 millones de dólares en armamento (27 de febrero), sacado de un fondo denominado Fondo Europeo para la Paz (¡!). Pero a su vez, el Presidente del Consejo Europeo Charles Michel ha declarado que la UE no planea financiar el suministro de aviones de combate a Ucrania (6 de marzo).

En la medida que el conflicto avanza, que no se ve verosímil una derrota de la invasión rusa, que Putin endurece su discurso hacia occidente, que los efectos económicos empiezan a sentirse también en Europa y que afloran voces de otros actores estatales fuera del círculo subordinado de la UE-OTAN, también empieza a tambalear el monolitismo y sobre todo “los compromisos a ultranza del apoyo a Ucrania”.

El día 6 de marzo, en un artículo del New York Times, el primer Ministro británico, Johnson afirmaba que ningún país de la OTAN ha enviado tropas de combate a Ucrania y que “la OTAN no se siente hostil a la población rusa y no tiene la intención de impugnar a una gran nación y potencia mundial”.

Solo después de una semana de conflicto, y de la euforia inicial y de estar en la posición más beligerante se han incrementado las declaraciones de líderes buscando retomar los diálogos y puentes de contacto, particularmente con Putin. Esa ha sido la actitud del presidente Macron de Francia, Erdogan de Turquía y de Naciones Unidas a través de la Coordinación de Asuntos Humanitarios.

No es la misma actitud de Estados Unidos, que sigue presionando a fondo por escalar el conflicto, para aprovechar más que nunca de eliminar a uno de sus competidores, lamentablemente a costa de población civil, destrucción y nuevas crisis económicas.

Tarde se da cuenta el presidente Zelensky del papel que jugó en esta pugna estratégica. El 8 de marzo en un video mensaje dirigido a la nación y divulgado en su canal de telegram, manifestó «Han sido 13 días de promesas, 13 días en los que se nos ha dicho que pronto habrá ayuda en el cielo, de que habrá aviones que estarán sobrevolando para nosotros», acusando a los países occidentales de incumplir sus promesas de apoyar al país en la confrontación que mantiene con Rusia y que escaló a partir del 24 de febrero de 2022.

Tarde llega la UE-OTAN a plantear opciones diplomáticas de resolución del conflicto, aunque siguen siendo necesarias y urgentes. Pero la sociedad europea deberá tener una profunda reflexión acerca de sus liderazgos, de sus políticas internacionales y sobre todo en responder si Europa es una entidad propia frente a Estados Unidos y dispuesta a ser parte creativa en configurar un nuevo sistema mundial.

*Carlos Gutiérrez P., experto en defensa, mieMbro de GADFA.

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