Las izquierdas y el conflicto ruso-ucraniano. Por *Carlos Gutiérrez Palacios

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A propósito del conflicto ruso-ucraniano he escuchado relatos y leído varios artículos de personas de izquierda realizando sendas críticas a otras personas de izquierda que no han compartido la visión de la OTAN sobre el conflicto y, por lo tanto, asumiendo mecánicamente que esas posturas tienen que ver con un apoyo político al presidente ruso, relatando incansablemente la figura demoníaca del líder eslavo y su régimen autoritario, así como a la guerra en cuanto mecanismo de resolución de conflictos.

Así como no creo que siempre se cumpla la máxima de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, tampoco creo en la otra máxima que nos quiere imponer esas izquierdas, de que, si no estás conmigo, es porque estás contra mí. En este caso, como ellos están contra la guerra, el resto estaríamos a favor de ella.

Estoy a favor de todos quienes creen “verdaderamente y a todo evento” estar contra la guerra como medio de resolución de conflictos (a esos temas me he dedicado décadas en su estudio), pero también estoy lejos de los chantajes emocionales y políticos de quienes se acordaron ahora del horror de la guerra, y que siguen los dictados facilistas de la OTAN sobre el maniqueo argumento de esta guerra como la encarnación misma de la libertad y democracia expresada por Ucrania y la OTAN, frente al autoritarismo y totalitarismo de los otros, Rusia en este caso.

No es convincente una izquierda que no alzó la voz ni la práctica para condenar el ataque militar de un gobierno contra su propio pueblo durante 8 años, que es lo que ha estado sucediendo por parte del gobierno de Ucrania contra las regiones de Jarkov, Lugansk y Donetsk. Que tampoco haya escuchado las más de 600 denuncias de violaciones a los derechos humanos que hicieron gobiernos y organismos de la sociedad civil de esas regiones. Que no registre con seriedad todos los datos del enquistamiento de grupos nazis en el aparato del Estado y de la fuerza militar que son los actores claves de este diseño de guerra contra una parte de su pueblo. Eso técnicamente se llama guerra civil, la más cruel de todas las guerras.

Esto solo por resaltar su ausencia notable en esta coyuntura, pero claramente el listado es mucho más largo.

Esta izquierda europea amante de la paz, de orientación social demócrata, tiene una traza histórica muchas veces dejada convenientemente en el olvido, puesto que allí no reina precisamente la consecuencia.

Repasemos algo de historia. Fue la izquierda socialdemócrata que, en la crisis de 1914, oponiéndose al llamado de la Internacional de la época, corrieron raudamente a abrazar las consignas nacionales por sobre el internacionalismo de los trabajadores que iban a ser seguramente las víctimas principales de un conflicto a escala colosal, aprobaron los presupuestos de guerra de sus líderes, en ese momento gobernantes de derecha y monarquías constitucionales, que les facilitaron todos sus planes guerreristas para disputarse el botín del mundo.

Las consecuencias las sabemos. La primera guerra de alcance mundial y catastrófica en pérdidas de vidas humanas.

En 1936, ante el golpe de estado de fuerzas monárquicas al gobierno republicano español, esas fuerzas de izquierda, algunas en el poder, se opusieron a enviar ayuda militar y humanitaria al pueblo español, que luchaba por su proyecto popular y libertario. No hicieron lo mismo las fuerzas fascistas de Italia y nazistas de Alemania, que aprovecharon de fortalecer sus vínculos, utilizar el campo de batalla para entrenar a sus tropas y probar nuevos sistemas de armas, y por supuesto derrotar el avance de un gobierno popular.

Recordemos que fue el gobierno del socialista Felipe González el que ratifica el ingreso de España en la OTAN, y en sus cuatro gobiernos encamino a su país a la plena participación orgánica, particularmente en su mando militar. En 1995, Javier Solana, Ministro de Relaciones Exteriores fue elegido Secretario General de la Alianza.

La llegada al poder del PSOE en octubre de 1982 marcó el punto de inflexión en la opinión pública. La postura atlantista consiguió más respaldo popular, gracias al giro de 180 grados que dio la cúpula del Partido Socialista. Felipe González justificó el cambio de postura, en parte, en que la entrada en la OTAN favorecería el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea (CEE), actualmente la UE, que finalmente se produjo en enero de 1986. Sin embargo, cinco meses antes del referéndum un sondeo de opinión pública indicaba que todavía un 46% de los ciudadanos estaban en contra de la OTAN.

En ese momento, esta izquierda se hizo eco de la consigna franquista sobre el miedo a la amenaza soviética, y sobre todo una forma de entablar una nueva relación con las fuerzas armadas, que salían muy desprestigiadas del régimen franquista, y sobre la cual se quiso construir una relación política-militar que asegurase una transición exitosa.

Tampoco jugó un papel muy destacado la izquierda socialdemócrata en la catástrofe de la guerra de los Balcanes (iniciada en 1991), que destrozó países, y convivencias culturales históricas. Recordemos que líderes claves en Europa eran Felipe González en España y Francois Mitterand en Francia, ambos socialistas.

Fue el líder más reconocido de la Tercera Vía o socialdemocracia europea en la década de los 2000, Tony Blair, el que no dudó en creer las falsedades estadounidenses con respecto a los argumentos para la invasión a Irak en 2003, a pesar de que estaba bien informado en relación a que las armas de destrucción masiva no existían (lo que fue denunciado posteriormente por su propia gente en el gobierno).

En esa guerra, según propios estudios de universidades estadounidenses, los costos en vidas humanas habrían bordado los 190.000 civiles, además de refugiados, desplazados, y la destrucción de infraestructura civil, sumiendo al país en una larga confrontación interna que no ha conseguido precisamente estabilidad y progreso.

En 2011, la intervención militar de la OTAN en Libia se basó en una particular interpretación de una resolución de la ONU realizada bajo la consigna de “intervención humanitaria”, la que costó la vida en los primeros cuatro meses a alrededor de 15.000 personas, según el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. En octubre de 2011, el Consejo de Seguridad de la ONU, por unanimidad decidió anular la resolución. Una vez más el argumento de la socialdemocracia ponía el acento en el carácter dictatorial del líder libio.

Por otro lado, tampoco creo verosímil la interpretación que hace una izquierda radical de ver aquí un conflicto entre capitalismo y socialismo, suponiendo a un Rusia en el papel de la vieja Unión Soviética.

Hay imágenes simbólicas que han surgido en este conflicto que pueden conducir a este equívoco, como las banderas rojas con la hoz y el martillo que han sido izadas en algunas alcaldías de pueblos liberados en la zona del Donbass; las banderas rojas de la 150 división de fusileros que tomaron el Reichstag en la Gran Guerra Patria ahora enarboladas en varias unidades móviles rusas que se dirigían al combate o en el video de la babushka que se hizo viral y hoy se refleja en murales e insignias de combatientes, cuando desafía a militares ucranianos que le quitaron la bandera roja para pisotearla a cambio de comida y ella reacciona diciéndole “mis padres murieron por esa bandera que estás pisando, no quiero tu comida, tómala y dame mi bandera”.

Todos esos hechos reales no configuran un panorama político, sino reflejan la profundidad cultural del pueblo eslavo frente al nazismo que duramente sufrieron con la ocupación por 4 años. Hoy la resignifican ante un régimen que les declaró la guerra hace 8 años, con unidades militares declaradamente nazis, con persecución por la lengua y cultura rusa.

Este conflicto es un choque al interior del capitalismo (y particularmente con el imperialismo, que espero la izquierda socialdemócrata recuerde sus diferencias), aunque con síntomas particulares, y esencialmente en una coyuntura en que cruje el dominio hegemónico unilateral de Estados Unidos, y se abren los espacios para el recambio, o por lo menos para una nueva configuración del sistema internacional, en sus variables políticas, geopolíticas, económicas y de seguridad.

La rápida y acrítica aceptación del relato de la OTAN para este conflicto, por parte de una izquierda, va a significar un nuevo daño profundo a los pueblos, a los directamente involucrados por su sangría y los del resto del mundo que vivirán los efectos económicos, ya dañados por dos años de pandemia global.

Los actuales gobiernos de carácter progresista, particularmente el español y el alemán, solo han sumado más elementos negativos a la crisis, enviando armamento a uno de los beligerantes, sumando desprolijamente sanciones económicas que irresponsablemente golpearán fuertemente a sus pueblos, y cerrando los caminos a la diplomacia. Ninguno de estos gobiernos, ni partidos socialdemócratas de otros países, han levantado alternativas de negociación ni convicción plena para jugarse por la paz. Una vez más, así como lo hicieran en su momento González, Mitterand y Blair, asumen cínicamente discursos subalternos ante Estados Unidos, donde lo que importa no es el fin de la guerra, sino la destrucción de un competidor estratégico, a cualquier precio (que en lo inmediato lo pagarán pueblos europeos).

Se ha iniciado un camino cierto de mutación del actual sistema internacional. Si bien los parámetros seguirán moviéndose en torno al sistema capitalista, creo que un mundo con multicentros, con mayores competencias económicas y financieras al interior de ellas, con varios países líderes a escala global, atenúan los riesgos de confrontaciones a escala mundial, eliminando la figura de un solo hegemón agresivo y criminal como ha sido hasta ahora el papel que ha jugado Estados Unidos, especialmente desde el año 1990 en adelante, en los planos políticos, geopolíticos y económicos.

En otros momentos históricos, a esta configuración se le llamó “Balances de Poder”, que tiende a construir más homogeneidad, porque son varios los actores en el juego, con intereses compartidos, pero también diversos, y que tienen obligadamente que interactuar entre ellos, porque ninguno tiene un supra poder que logre imponerse por sí solo ante los otros actores en juego.

Espero sinceramente que las izquierdas puedan asumir un rol histórico algo más protagónico, como el que llevaron adelante en su mejor momento frente a la posibilidad del holocausto nuclear, levantando las banderas de la coexistencia pacífica y el No al poder nuclear. Se tienen que levantar con fuerza las exigencias sobre una nueva diplomacia; el rediseño de los organismos internacionales; un nuevo concepto de seguridad internacional (retomando el carácter de indivisible de 1990); la reestructuración de la arquitectura de defensa europea para que salga de la lógica de un teatro de operaciones subordinado a los intereses de Estados Unidos; una articulación virtuosa entre derechos universales y multiculturalismos que junto a los fenómenos migratorios, desplazados y refugiados por conflictos sean vividos bajo el prisma de la persona como ser genérico universal, y no en base al color de piel, como fue el reciente llamado de atención del Papa a los líderes europeos.

De no volver a transformar en significantes conceptos como capitalismo, imperialismo, lucha de clases en las actuales condiciones de la humanidad, las izquierdas corremos el riesgo de no solo seguir siendo irrelevantes (como lo demuestran varios ejemplos políticos en Europa) y desplazadas por derechas y ultra derechas, sino que responsables directos de una humanidad envueltas en crisis de guerras, medioambientales y alimentarias.

Por *Carlos Gutiérrez Palacios, experto en defensa, integrante de GADFA.

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