La victoria soviética histórica sobre el nazismo. Por Carlos Gutiérrez Palacios.

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Este 9 de mayo tendrá un carácter muy especial la conmemoración número 77 de la victoria aliada frente a lo que fue la larga noche nazi sobre Europa, particularmente entre los pueblos que fueron parte de la Unión Soviética y que soportaron la carga más pesada y odiosa ideológicamente, con un costo de alrededor de 25 millones de personas muertas, la mayoría de ellos civiles producto de los ataques de las fuerzas militares alemanas, y de las represalias de las tropas especiales SS que se dedicaron a un verdadero genocidio en los territorios ocupados.

La bandera roja de batalla enarbolada en el edificio del Reichstag en 1945, perteneciente a la 150 División de Fusileros, del 79 Cuerpo de Fusileros, 3° Ejército de Choque, encuadrado en el Primer Frente Bielorruso comandado por el Mariscal Zhukov, hoy ha sido vista nuevamente en un campo de batalla europeo, en manos de ancianos liberados de los territorios del Donbass bombardeados permanentemente desde hace 8 años; en unidades blindadas del Ejército de la Federación Rusa que avanzan por el territorio ucraniano luego de iniciar una operación especial militar que tiene, entre otros objetos, la desnazificación de ese país; en movilizaciones sociales que se han expresado en contra de la actitud europea frente al conflicto.

Es muy llamativa esta resignificación de la bandera de la victoria, teniendo en cuenta que ya no existe la Unión Soviética, ni tampoco el Ejército Rojo, pero sí fuerzas políticas de extrema derecha que, con las consideraciones temporales correspondientes, reivindican postulados políticos e ideológicos enmarcados en una simbología, en una memoria de época y en artefactos culturales propios del nazismo.

Frente a aquello, funciona la otra memoria, la de pueblos que se enfrentaron a la barbarie nazi y la derrotaron, abriendo los espacios reales para la propia reconstrucción de sus estados, pero también liberando consecutivamente a las democracias liberales de Europa occidental, las mismas que hoy hipotecan su memoria bajo la subordinación a un liderazgo hegemónico agresivo y criminal estadounidense, que no trepida en acuerdos espurios con la finalidad de eliminar “competencias” en su desenfrenada lógica de un destino manifiesto contaminada de religiosidad.

Tal cual sucedió en las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX, cuando las democracias europeas ignoraron todas las señales del programa violentistas y anti democrático del nazismo y el fascismo, hoy repitieron su accionar cuando giraron la mirada ante el golpe de estado de 2014 en Kiev, el asesinato de dirigentes sindicales comunistas en Odesa, la colonización del Estado por grupos y líderes de extrema derecha, particularmente en la creación de estructuras militares, y la guerra civil que han llevado durante 8 años contra sus propios connacionales legales en las regiones de Lugansk y Donetsk, pero que son estigmatizados por su lengua y origen étnico ruso.

Hay liderazgos occidentales actuales, que al igual que sus antecesores históricos, son consumidos internamente por su anti rusismo (ya sea en las variantes imperiales, soviética o capitalista actual), y avalan cualquier instrumento que les conduzca en la dirección de la derrota del pueblo eslavo. Así fue en su momento cuando constituyeron en 1918 la coalición que invadió a la naciente república soviética; el apoyo que entregaron a las fuerzas blancas zaristas en la guerra civil (1918-1923); en la negación del apoyo a la atacada república popular española (1936), con la secreta esperanza que la alianza ítalo-alemana la destruyera y detuviera el peligro rojo en Europa. Y también en la oculta estrategia durante la Segunda Guerra Mundial que se acomodaba esperando el desangramiento de los alemanes, pero especialmente del estado soviético y su proyecto bolchevique.

Esas actuaciones se reflejan hoy en el calculado velo que tienden sobre las unidades militares ucranianas auto identificadas con el nazismo (Azov, Donbass, Sector de Derecha, Aydar, Dnipro-1, Tornado, etc.) y sus actuaciones criminales contra la población civil del Donbass, así como la falta total de respeto a los protocolos de un conflicto armado, como son el trato de prisioneros, el uso de civiles como escudos humanos, y la infraestructura civil para instalar puntos de tiro. Nada de esto importa para la civilizada democracia liberal europea, si de matar rusos o pro rusos se trata. El fin último es derrotar al competidor estratégico, a Rusia, y allí el fin justifica los medios.

Tampoco genera resquemor alguno en los países europeos ser parte activa del conflicto, como un beligerante más, entregando armas por doquier a sabiendas de las propias restricciones diplomáticas convencionales y de que el instrumento en sí mismo no es lo determinante. La clave está en el mensaje.

Vuelven a repetir errores recientes, como fue el tráfico de armas destinado a grupos que le eran serviles a sus objetivos políticos de coyuntura (Libia, Afganistán, Siria y otros), y que prontamente terminaron en manos de organizaciones terroristas que se volcaron contra ellos mismos. En esta ocasión, tal activismo armamentista unido a las fronteras porosas de esos países y la tipología de grupos que rondan estas crisis, auguran futuros aún más inciertos para la seguridad de la región.

Así misma ha sido la actitud europea frente a las oleadas de mercenarios que han ido a ofrecer sus servicios a Ucrania. Según primeras estimaciones, bordearían los 20.000, provenientes de países europeos y de otros subordinados al imperio estadounidense, que conjugan un interés monetario, una cultura de la violencia y un pergamino ideológico, pero en ningún caso una odisea nacional ni democrática.

Cuando el relato del apoyo atlantista a Ucrania se viste de una lucha por la libertad y la democracia, está clara la obligación de ocultar estas realidades en el sótano de la vergüenza.

La realidad actual nos muestra que la lucha histórica contra el nazismo o el neo-nazismo sigue siendo una tarea permanente. Lo ideal es que las armas a usarse fuesen las propias de la democracia, la organización y la movilización de las sociedades, pero en esto las democracias liberales europeas una vez más no solo actúan tarde, sino que con desidia y una miopía muy interesada de corto plazo.

Hoy asistimos a que varios gobiernos europeos han suspendido la participación de representantes rusos en los homenajes a la victoria contra el nazismo de 1945, así como prohibir la exhibición pública de imágenes de diseño soviético relativas a esta conquista histórica. Líderes del gobierno ucraniano han amenazado con bombardear desfiles del Regimiento de los Inmortales (más allá del nombre, es bueno recordar que es una marcha de civiles, parientes de los caídos en la gran guerra patriótica) que se realicen en la región del Donbass (una amenaza terrorista que no ha tenido comentario alguno de los demócratas europeos).

Esta actual coyuntura crítica originada por el conflicto ruso-ucraniano tiene muchas variables, que seguramente determinarán el futuro mediato y de largo plazo en esas respectivas dimensiones. Sin lugar a dudas, una de ellas es la que dice relación con la memoria histórica y los significados presentes y futuros que tiene.

La victoria histórica del pueblo soviético sobre el nazismo es imborrable. La perspectiva de aquella epopeya sigue marcando el propio desarrollo libre y democrático del mundo actual y de Europa en particular, y seguramente continuará siendo un referente ineludible de luchas futuras contra la xenofobia, el racismo, el supremacismo blanco y el neo-nazismo.

Por Carlos Gutiérrez Palacios.

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